ROBERTO CARVALLO, filósofo mexicano, dona una fragmento de su novela inédita para Papel de Colgadura. Pdc·09|21 Fragmento de LA REBELIÓN DE LOS PELONES a Revolución del diez no perjudicó ni benefició a Domingo Santés gracias a la buena voluntad de ambos bandos, a la buena voluntad del gran Capitán Eusebio Canales y al buen juicio del General Villafuegos, Que aunque uno no quiera, siempre hay que respetar al enemigo, Qué bondadoso es usted, mi Capitán, Pues por supuesto que hay que respetar al canijo ese que me mató a dos tenientes en la batalla de Villalpando y me dejó casi sin pantalones en la batalla de Monte Verde, allá en Tamaulipas, habrá sido cabrón ese condenado capitán, Sí, mi General Villafuegos, ¿Y te acuerdas cuando nos persiguió casi él solo por toda la llanura del este, únicamente para ver el miedo en la cara de nuestras valerosas tropas?, Nuestras valerosísimas tropas, mi General, Eso que ni qué, cuando tienes razón tienes razón, Gracias, mi General Villafuegos. Ni las tropas federales ni las tropas revolucionarias destruyeron las tierras de Domingo Santés a pesar de que era bien sabido que ayudaba a ambos bandos tanto en la obtención de comida como en el alojamiento para el descanso de las tropas. También curaba Todos somos historias de muchas historias. Cargamos con una narra- tiva que nos hace lo que somos. Éstas nos muestran también lo que seremos. La Rebelión de los Pelones narra el encuentro de personajes y eventos realistas en un mundo de mágica desolación creadora de la idio- sincrasia mexicana. En los personajes confluyen historias que intentan reflejar un México de recuerdos fantásticos que nunca tuvieron lugar. a los heridos de ambas tropas. Cuando una tropa federal se aproximaba a la hacienda de los Santés, se sabía de antemano que uno encontraría algún revolucionario herido intentando recuperarse para la siguiente batalla y viceversa, cuando alguna tropa del ejército revolucionario se aproximaba a la hacienda. El tratado de no agresión, único en toda la región y uno de los tres que hubo institucionalmente clandestinos por todo el país, se dio cuando la tropa revolucionaria, comandada por el General Alberto Villafuegos y la tropa federal, comandada por el Capitán Eusebio Canales, se encontraron en las inmediaciones de la hacienda de la familia Santés. Domingo Santés decidió, al ver llegar por el flanco derecho a la tropa federal y por la retaguardia a la milicia revolucionaria, que él, con la garganta seca y gotas de sudor que le corrían por sus patillas, con sus incontrolables bigotes negros anchos, tenía que anticiparse a la regla de la Revolución de destrucción, de muerte y de patria. Fue entonces que por miedo a las represalias por parte de cualquiera de los dos ejércitos contra su hacienda, contra él, contra su familia y contra sus peones, decidió invitar a los dos, General y Capitán, a cenar a su casa un diecinueve de octubre de 1912. Lo hizo a través de sus dos capataces de confianza, a todo galope, atacando a las tropas, esperando que nadie suelte un tiro, que a nadie se le ocurra dar la señal de ataque a un hombre con su caballo y sin armas. Si todo salía bien, las dos tropas se detendrían justo en las fronteras del ejido de la hacienda, sin capitanes ni generales ya que estos estarían cenando, uno con el otro, en un comedor de mesa de caoba y candelabros de Talavera. Domingo confiaba que sin su Capitán y sin su General, ninguno de los soldados se atrevería a dar la orden de ataque contra la hacienda ni contra la tropa rival si se presentaba el peligroso caso de que una tropa divisara a la otra agazapada en la otra orilla del ejido. Aunque Domingo sabía que era difícil que ninguno de los dos bandos enviaran emisarios corredores a sus alrededores para controlar las proximidades del campamento, valía la pena, creía, esperar a que cuando llegaran los dichosos vigías de regreso a sus respectivos campamentos improvisados, los siguientes a bordo al mando de la tropa no tuvieran otras palabras que, Hay que esperar al Capitán, Hasta que el General regrese, Él sabrá qué hacer, Pero mientras vete a ver si hay movimiento por parte de esos perros, Dígale al Cabo Benito que vaya con tres hombres más para que investiguen cómo les podemos caer a esos miserables en el mismo momento en que llegue el Capitán, Pero que nadie más se mueva, nada más dile a todos que no suelten sus fusiles, por si las dudas, Qué descanse la tropa, ve y dile a todos, pero que estén preparados porque en una de esas, tenemos que saltarles a media noche, Si así lo desea el Capitán, Dile eso a los muchachos pero no les digas que están allá esos puercos porque si no, se van a lanzar contra ellos, y el General nos los corta por dejarlos ir, Pero podemos agarrarlos ahora, si los atacamos por la retaguardia, Sí, pero hasta que no lo sepa el Capitán, él es el único que puede dar la orden, y ya ves lo que pasó en Chilpancingo, que por actuar sin el Capitán Canales, el susto que nos llevamos, Sí, mi Teniente, Sí, mi Comandante, ¿No será una trampa de esos de la hacienda para agarrar al Capitán y por eso lo invitaron a cenar?, Esperemos que no, mi Teniente, Es una trampa, hijos de su madre, por eso vamos a quemar la hacienda con todos esos rebeldes de mierda, Pero el General está ahí adentro, por alguna razón se fue tan confiado, No hubiera ido si hubiese visto algo raro, ya ves cómo es el Capitán, Acuérdate de la emboscada de Agualeguas, se las olió desde kilómetros antes, Bueno, si es una trampa ya lo sabremos bien pronto, que seguro nos van a caer cuando cierre la noche, Por eso mejor atacarlos desde ahora, bueno, eso digo yo, Nadie va a cargar, ¿me entiendes?, todos tranquilos y todos serenos que si no, te mando fusilar con los prisioneros, Está bueno, Dile eso a los muchachos, ¿Qué, mi Teniente?, Pos qué será, inútil, lo que te acabo de decir, que todos Ilustración: Sara Ferrera s Pdc·09|23 tranquilos y que si no, los mando fusilar por desobediencia, Eso sí, todos carguen sus armas, se las llevan a sus rincones como si fuesen sus viejas, y háganse los dormidos, Si lo que quieren es emboscarnos, les vamos a dar un susto, los podemos ver venir, Todos atentos en todos los frentes, Manda vigías a todo el ejido, y que vengan a todo galope si ven a la tropa de los federales, hijos de la chingada, a moverse, Ahora mismo, mi Teniente, considérelo hecho, Y ahora a esperar, todos háganse los dormidos hasta que llegue el Capitán, Bueno, ahora sólo nos queda esperar a que regrese el General. De momento, se podía decir que el plan de Domingo estaba saliendo bien, más por suerte que por estrategia, más por miedo a la muerte de su familia a manos de los revolucionarios y federales que a las represalias del Capitán o del General hacia su persona, aunque claro está, se entiende por la suerte de Domingo, nadie anda buscando aposta un árbol para colgar las botas. Nadie busca ese árbol, o por lo menos, nadie espera encontrárselo gustosamente. Solamente se aparece por una maldita casualidad el árbol en cuya corteza alguien marcará el nombre de la víctima colgada, sin alma, que ella ya está en vuelo, y en cuya sombra se unen las sombras del cuerpo indefenso y las de las aves de rapiña. El cuerpo permanecería inmóvil y pudriéndose, ahí al aire, al viento, con ninguna otra fortuna que la del plomazo en la frente y en la pierna derecha, en el costado y en el pecho, sin sombrero, ni cinturón ni botas, que ya era mucho pedir colgarlas junto al cadáver, dado que eran los primeros objetos en desaparecer, al mismo tiempo que el alma aunque no con igual destino. Las botas no llegaban al cielo ni al infierno sino a los pies de alguno de los adversarios, que reemplazaba finalmente, gracias, Diosito, siempre hay que agradecer, los huaraches y los callos de las viejas botas por otras menos viejas pero con más callos y ampollas, todas incluidas, de otras tantas personas y cadáveres que iban pasando de uno en uno sus botas a otros suertudos. El plan de Domingo había logrado mantener a las tropas federales y a las revolucionarias al margen de la hacienda, sin soltarse un tiro, sin darse una puñalada ni un machetazo. Eso sí, en alerta esperando a que la otra suelte el primer plomazo para responderle con pólvora y hierro. Pero nadie soltaba el primer tiro. Todos esperaban pacientes a que llegara sano y salvo su Capitán en caso de los federales y su General, en el caso de los revolucionarios, esperando para que no los mande fusilar por no seguir la orden de aguardar haciéndose los dormidos, y para que cuando regresen el Capitán y el General a sus respectivas tropas, todavía exista una tropa y no una muchedumbre federal persiguiendo a sombrerudos, o a una nube de gente, bajo la obscuridad de las nubes, atacando a los federales con machetes y muelas, con tiros de uno en uno y sangre en las manos y caras. Por ahora, las tropas estaban listas para atacar y defenderse, sin Capitán o General, porque estos acababan de llegar, cada uno por su lado a la cena a la que muy amablemente Don Domingo los invitó, sin saber del contrario, sin saber del otro, pero eso sí, con el hambre más dispuesta que la navidad en diciembre, con una hambre revolucionaria, de luchas y de las muchas noches bajo el cielo, Hubo insultos. Hubo dos disparos de precaución al cielo, o mejor dicho, dos disparos al techo del salón, pero que para los oídos de las tropas, serían disparos al cielo, tan grande como la osadía de juntar a dos rivales en una misma habitación. a veces limpio, a veces tan lleno de nubes que los uniformes perdían su color hundiéndose dentro del barro y lodo del suelo mojado por las lluvias de julio. Ambos, Capitán de unos y General de otros, sin saber que se encontrarían a su rival en la misma sala, aceptaron como gesto de cortesía y agradecimiento la generosidad, más forzada que gratuita, que hacía Domingo Santés al ofrecer alimento y cobijo no sólo a las tropas sino también a la caballería de ambos lados de la lucha armada. No obstante, al verse las caras en la sala comensal hubo difamaciones de la traición a la patria por ambos lados contra Domingo Santés. Amenazas de muerte y recordatorios a la madre de cada uno de los presentes. En estos momentos, la muerte y vida de toda la familia Santés valía menos que el agua del estanque de donde bebían los caballos de las tropas federales. Hubo insultos. Hubo dos disparos de precaución al cielo, o mejor dicho, dos disparos al techo del salón, pero que para los oídos de las tropas serían disparos al cielo, tan grande como la osadía de juntar a dos rivales en una misma habitación. Sin duda la idea de dos disparos al techo no habría sido tan poética para las tropas y tenientes al contar, Capitán y General, el relato sobre el momento en que se firmó el tratado entre caballeros, pactado en casa de los Santés, Entre el General y yo, dirá uno, y por otro lado, Entre el Capitán y yo, dirá el otro. Todo dependiendo del portador de la anécdota histórica. También se desenvainaron las espadas y se cubrieron las espaldas con las esquinas de la habitación. Domingo Santés, víctima de todas las injurias y amenazas posibles, tomó fuerzas del rincón más hondo de su alma, en medio de la escena digna de cualquier obra teatral, y mostró una calma inmejorable al decir pausadamente, y en contraste con la escena en movimiento de espadas bailarinas y pies ligeros, Señores los he invitado aquí, a mi hogar, con el propósito de ofrecerles un campo neutro para ambos bandos, por el beneficio de mi familia y por el beneficio de mis empleados, los he invitado para ofrecerles a ambos bandos un lugar seguro en el que siempre podrán descansar sus tropas, en las que serán alimentadas y atendidas médicamente ya que el Doctor Pirria no se encuentra a más de media hora a trote ligero de aquí, igualmente podrán permanecer por el tiempo que les sea requerido o el que ustedes gusten, claro está, sin costo alguno, hizo una pausa larga Domingo, y añadió. También les ofrezco guarnición alimenticia cuando partan de la hacienda junto con todos los demás bienes que les sean de utilidad en esta lucha, que al parecer va a tardar más de lo que todos hemos querido, les ofrezco así, en esta casa que es de ustedes, mi rendición absoluta a ambos o a ningún lado de la lucha, les abro las puertas de mi casa y de mi familia con la única condición de que me sea respetada la salud y el bienestar de mi familia y de mis trabajadores, hizo otra pausa Domingo para que sus peticiones quedaran claras en las mentes de su auditorio. Tomó un trago del café de olla que tenía en sus manos y prosiguió diciendo, en vista del silencio de su auditorio de ojos grandes y atentos, y sobre todo en vista de las espadas que tenía enfrente, Yo veo aquí una gran oportunidad para tener, para ambos lados, para ambos ejércitos, una casa de resguardo en donde podrán retomar fuerzas las valerosas tropas que se enfrentan en esta lucha definitoria de nuestro gran país, y más que eso, un lugar de reposo para los valientes después de la difícil marcha que aqueja esta tierra, les pido en estos momentos bajar las armas, les deseo pedir una disculpa por cualquier malestar que he ocasionado a sus gratas y honorables personas y me pongo a su completo servicio en el futuro cercano y no tan cercano, por ahora y si ustedes lo desean todavía, les deseo también ofrecer, como había prometido, un momento de paz y tranquilidad con una cena caliente y un buen ron traído desde la capital, en señal de buena fe de mi parte, de mi familia y de mi completa servidumbre, les ofrezco cenar aquí, junto a mi familia, que si ustedes aceptan, serán llamados Pdc·09|25 en un momento, y podrán ver que el único interés por el que hago esto es por salvaguardar el bienestar de mi familia, justo como ustedes lo hacen con sus tropas y con el pueblo mexicano, concluyó Domingo su discurso y guardó silencio a la espera de las reacciones del auditorio. Poco a poco, el General y el Capitán se fueron tranquilizando con el paso de las palabras de Domingo Santés hasta el punto de bajar las espadas completamente, y al ver que el Capitán Eusebio se disponía a envainar de nuevo su espada, inmediatamente hizo lo propio el General, No sin hacerlo más rápidamente que el Capitán, no vaya a decirse que el otro es más caballero que yo, pensó el General. Ya con las espadas envainadas, sentados y dispuestos a cenar, los ocho comensales, Domingo Santés, su esposa Clara de Santés, sus tres hijas e hijo, el General y el Capitán, plasmaron una de las imágenes más contradictorias y a la vez de mayor significado de aquella Revolución, en la que los dos bandos luchaban entre sí, uno de cada lado de la larga mesa de caoba, dejando como testigo de la lucha a aquella gente de pueblo y ciudad que únicamente deseaban sobrevivir. La carne de cordero y el cerdo en adobo fueron los platos principales de la cena, siempre acompañada por los ojos nerviosos de Clara de Santés, la mirada quebradiza de Alberto y la falsa tranquilidad de Domingo. El ron y el café sirvieron de sobremesa y se bebieron como si nunca se hubieran bebido antes y no podrían beberse jamás. El Capitán y el General contaron anécdotas de guerra en las que estaban prisioneros o en las que cargaban contra las tropas enemigas tratando de dar alcance a sus rivales antes de que pudieran escaparse. Otras historias trataban acerca de las veces en las que se veían con sus tropas rodeados, arrinconados y a punto de morir pero que en un último esfuerzo de gallardía, pudieron salir victoriosos de la batalla. El Capitán y el General ya se conocían desde antes, ya se habían enfrentado en el campo de batalla y hasta habían disparado uno contra el otro sin hacerse más daño que un rasguño en la mejilla de uno y en la oreja del otro. El Capitán y General contaban sus anécdotas interrumpiéndose sin cesar, como si contaran las andanzas de su camaradería en un mundo de violencia que sentían muy propio pero que trataban de ver desde lejos, del que recordaban o intentaban recordar solamente los buenos momentos, dejando de lado la pérdida de amigos y familia a manos de la tropa enemiga. Los dos comensales compartieron todas sus anécdotas sin miramientos y como si quisieran impresionar con sus hazañas a su audiencia, a aquella que los miraba con ojos estupefactos todo el tiempo, con miedo pero al mismo tiempo con rastros de admiración, sobre todo por parte del pequeño Alberto Santés. Cuando cerró la noche, los dos caballeros se despidieron de las damas presentes con una corta reverencia levantándose el sombrero y gorra levemente, y se dieron la mano fríamente entre sí, viéndose a los ojos, sabiendo que la próxima vez que se encontrasen sería en una batalla. Sabían que no se verían nunca más en esos apacibles y tan agradables escenarios. Después, se despidieron de Domingo Santés afirmando que lo prometido era deuda, y que de su parte, ellos cumplirían lo pactado. Le agradecieron la cena y dijeron que partirían cuanto antes, porque tenían que seguir el camino que les tocó en esta vida. Alberto los miraba desde el costado ...Pues qué van a hacer, se baten a tiros con él, justo como les enseñé, mis queridos soldados, y demuestran la valentía que tienen, con la que ha confiado su Capitán su vida, en los tiros, ya sea contra un hombre o contra miles, ya sea contra el demonio mismo, dijo... de Domingo, sosteniéndole la mano a su papá mientras observaba los bigotes espesos del Capitán y los comienzos de barba del General de cabellos largos y patillas robustas. Cuando el Capitán Eusebio Canales contó fríamente a sus tropas los hechos, no dejó pasar la oportunidad de hablar de su capacidad mediadora en situaciones difíciles, sobre todo en aquellas en las que el enemigo se encuentra tan próximo, Siempre hay que utilizar la cabeza, Sí, mi Capitán. Tampoco dejó pasar la oportunidad de dar la descripción del General Alberto Villafuegos, no vaya a ser que se lo encuentren en algún pueblo sin ningún tipo de escolta y gracias a la descripción, ¿Sí, mi Capitán?, Puedan ustedes, mi tropa más fiel, apresarlo y llevarlo a la capital para que enfrente juicio justo por sus crímenes contra la nación, que es la más inocente de todas y que no debe sufrir los tremendos atropellos de los criminales que sólo quieren desestabilizarla, ¿Pero qué hacemos si no quiere venir con nosotros y se nos bate a tiros, mi Capitán?, Pues qué van a hacer, se baten a tiros con él, justo como les enseñé, mis queridos soldados, y demuestran la valentía que tienen, con la que ha confiado su Capitán su vida, en los tiros, ya sea contra un hombre o contra miles, ya sea contra el demonio mismo, dijo, Me demuestran de qué están hechos todos ustedes y que de la muerte nos reímos porque no hay otra cosa de la que hay que reírse más, ¿Por qué dice eso, mi Capitán?, Porque el General tiene la mirada de la meritita muerte caminando entre nosotros, y si no fuese su Capitán, Muchas gracias por serlo, Habría sentido frío en la espina no más con verlo a los ojos, pero por eso, no olviden que el General es humano y muy humano, y por lo tanto es posible que cometa errores, de igual forma muere a la punta de una espada cualquiera o hasta con munición mojada, Claro, mi Capitán. Estas palabras, las de la munición mojada que aunque no podría haber matado al General ni a cualquier otro personaje por razones físicas y de sentido común en el uso de la pólvora, cosa que conocía perfectamente cualquier soldado, raso o no raso, de cualquier ejército, se quedaron en la mente de toda la tropa que escuchaba al Capitán. De semejante sinsentido sólo les quedó la idea que precisamente el Capitán había pretendido expresar en sus palabras, el General no es inmortal, entendido, mi Capitán, bien, muchachos, pero entonces una cosa debe quedar clarísima y que no haya duda al respecto, más les vale a todos que les quede clara, ¿Sí, mi Capitán?, Que quede claro que nunca atacaremos en estas tierras a la tropa enemiga, ni mucho menos a la gente de esta hacienda, debemos honorar el tratado de no ataque firmado únicamente con la viva voz de su Capitán hace unas horas, ¿entendido?, Sí, mi Capitán, Y así podremos dar un ejemplo de caballerosidad a todo aquel canalla que eche en culpa que en el ejército federal no hay gente educada, con moral y con mucho respeto a este gran país, ¡Arriba, mi Capitán!, ¡Arriba!, gritaron otros. La historia fue un poco más elaborada del lado del General Alberto Villafuegos, sobre todo en la parte de las condiciones que el General exigía respetar a toda costa, ¿Cuáles eran esas, mi General Villafuegos?, Pues yo exigí que se dejará tranquilo a todo herido que tuviera que pasar aquí unas noches sin la compañía de su tropa, para poder recuperarse y seguir peleando valerosamente como hasta ahora lo ha hecho, ¿Y qué otra, mi General, si no le molesta nuestra indiscreción?, En la hacienda de los Santés, todo ejército, el nuestro y el ejército federal, deberá respetar un tratado de no agresión en todo momento, por lo menos mientras se mantenga esta lucha armada, yo les prometí hablar con los demás Generales de la Revolución para que de nuestro lado se respete el acuerdo, no vayan a decir que los revolucionarios no podemos mantener la paz cuando no hay necesidad de guerra, ¿Ellos cumplirán sus promesas, mi General?, ya ve que esos perros nos andan cazando como ciervos en cualquier lugar que nos ven, ni preguntas hacen los muy cabrones, A mí me agarraron cuando fui a la fiesta de quince años Pdc·09|27 Copyright 2012 Roberto Carvallo Escobar Editado por Amazon ISBN 9781475289428 Ilustrado por Aurelie Collet Disponible en Ibookstore, kindle y todas las tiendas Amazon (impreso) de mi hija, A mí también, Él iba conmigo y dejamos nuestros fusiles en casa, a mí también se me olvidó el fusil cuando me agarraron, miren la cicatriz que me dejaron esos perros, a mí también, a mí me quemaron hasta que quisieron, pero no les dije nada, yo tampoco, rajar, primero muerto, claro, mi General, a mí también me agarraron cuando fui con un doctor, allá en Boca del Río, pero me pude escapar tres semanas después, bien hecho, Juancho, gracias, mi General, pues ya saben, cabrones, dijo el General, para la próxima no dejen sus fusiles en casa, siempre ténganlos bien cargaditos, que seguro es mejor que se les salga un tiro accidentalmente a que los vuelvan a pescar. Sí, mi General, perdone usted, mi General, Sí, mi General no se volverá a repetir. Domingo Santés sobrevivió a la Revolución gracias a los acuerdos voceados pero nunca firmados, precisamente para que no existiera ninguna forma de probar una tregua entre revolucionarios y gobierno. La Revolución no le quitó ni le mató a nadie, aunque sí perdió a dos de sus hijas después de los tiempos violentos, cuando una murió por una fiebre intensa, para que su hermana, de quince años, la siguiera a causa de una neumonía mal tratada por el Doctor Pirria, dejando en pena por mucho tiempo a Clara de Santés. Alberto Santés fue enviado, antes de cumplir diecisiete años, a la Universidad en Texcoco para que se formara y pudiera mantener la hacienda, así como lo había acordado con su padre. **** Nacido en México y con un gusto por viajar que lo ha llevado a estar lejos de su país por casi diez años. Su pasión por viajar es compartida con la Filosofía y la narrativa latinoamericana. Después de completar su doctorado en Filosofía (Epistemología), decidió incursionar en letras más ingeniosas para intentar lograr, desde su rincón del mundo, un muy humilde homenaje a los grandes como García Márquez, Cortázar, Saramago, Vargas Llosa, Octavio Paz y Fuentes.